La metacognición implica, vuelta a lo mismo, conocernos y reconocer nuestras capacidades e incapacidades. Vernos a nosotros antes que al otro, ubicar qué deseamos, a qué estamos dispuestos y lo que necesitamos para realizarlo. De acuerdo a lo leído esta semana interpreto que la misión sería lograr que los estudiantes se conviertan en seres maduros y autónomos capaces de aprender por sí mismos. ¿Podremos hacerlo? En mis días optimistas creo que sí, sin siquiera dudarlo. En los días difíciles comienzo a dudarlo, pero creo que a pesar de ello lo intento. Considero firmemente que se educa más con el ejemplo que con el discurso, se educa más con acciones concretas que con buenas intenciones.
¿Cómo podemos pretender crear seres maduros y autónomos si nosotros mismos no siempre lo somos? ¿Qué tanto asumo yo mis responsabilidades como para poder decirle a otro que lo haga? ¿Cómo venzo mis propias resistencias al cambio para compartirle al otro mi experiencia al cambiar y así mostrarle uno de los posibles caminos? ¿Cómo le digo a un joven que es apasionante aprender? ¿Reflejo ese mensaje en mis acciones? ¿Cómo le digo a un muchachito que sea autónomo y que no aprenda para cubrir la asignatura si vive en un país en donde muchos trabajan sólo para ganar un salario (algunos porque no tienen otra opción) y no se apasionan por lo que hacen? Y no se trata de ser seres perfectos, porque por fortuna esos no existen. Pero sería más sencillo reconocernos humanos para educar a humanos.
Y entonces se agolpan en mí varias ideas del pensamiento complejo sumado ahora a la metacognición. Reconozco qué quiero como profesora, aunque a veces me resulta más sencillo saber lo que no quiero. Veo que mis deseos, objetivos y metas pueden cambiar y siempre estarán cambiando. Identifico que tengo un método con tendencia a convertirse en un anti- método y que no lo tengo del todo sistematizado. Encuentro que pongo en práctica estrategias (que ignoraba que lo eran) que arrojan buenos resultados y otras como de la era de las cavernas.
Ahora soy consciente de que a partir de mis propios procesos de aprendizaje elaboro estrategias para compartirlas; sin embargo, mis estrategias personales no son necesariamente las que servirán a mis estudiantes. ¿Cómo lograr que ellos generen las suyas? Hay jóvenes, por ejemplo, que me dicen que se concentran mejor para estudiar si escuchan música. Eso a mí no me ha funcionado nunca y lo deshecho, no creo que sea posible que puedan concentrarse así. ¿Será cierto?
Cuando Burón habla de los alumnos que estudian para aprobar recuerdo a algunos y mi encuentro con ellos. Me ubico retándolos para que de verdad aprendieran y pienso en su resistencia absoluta, en su soberbia. Recuerdo que me costó trabajo entender que no quisieran aprender a aprender; para ellos era suficiente quedarse donde estaban y se confundían pues para otros profesores ellos eran excelentes alumnos. Recuerdo que también me confundí y me costó trabajo entender y respetar su decisión.
Descubro que suelo plantearles el aprendizaje como cambio. Al final evalúo si hubo cambios de sus primeros a sus últimos trabajos. Veo también si comenzaron a observarse a sí mismos y a asumir la responsabilidad de su aprendizaje, aunque no tengo instrumentos de medición bien definidos, lo hago muy empíricamente. Para diseñar estrategias hay que observar qué y cómo lo hacen los estudiantes; ello me hace pensar en la importancia de las asesorías en el cubículo, es ahí en donde se posibilita más la observación. Concluyo que tengo trabajo por hacer.
Burón menciona que los profesores solemos creer que las estrategias dependen más del alumno que de nosotros y si no entendí mal, dice que es más nuestra labor. Difiero un poco. Creo que la aplicación de estrategias es una responsabilidad compartida. ¿De qué sirve que un docente diseñe mil y una estrategias si los estudiantes no las usan? Y no son únicamente responsabilidad de los docentes y de los alumnos. ¿Cuál sería la responsabilidad de la institución? ¿Cuál la de los administrativos y cuál la de los padres de familia? De acuerdo a lo que leíamos del pensamiento complejo, todos formamos parte de un sistema y del mismo paisaje educativo. Si un engranaje no funciona, la maquinaria se detiene; por ello, la metacognición no debe ser puesta en práctica sólo por docentes y estudiantes sino por todos los implicados en el proceso educativo. De poco servirá que sólo un grupo asuma su responsabilidad, pero es un buen comienzo.
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